Faq-mac publica una entrevista con Jorge Cortell, en la que se pone de manifiesto la oposición entre el derecho de los autores a cobrar por su obra, frente a la libertad de copia. He realizado algunos comentarios en ese artículo, pero tengo el cuerpo con ganas de seguir comentando 😉

En ese artículo, hay un comentario, de un tal Asteriz, que encuentro muy interesante:

*Aguadores* De la RAE: _Persona que tiene por oficio llevar o vender agua_. ¿Qué ha pasado con este oficio? La gente empezó a conectarse a las tuberías y dejaron de ser necesarios. ¿Desaparecieron? No, siguen vendiendo agua envasada aún existiendo las fuentes públicas. Venden calidad, comodidad y envase por un precio 100 veces superior.

Ya hay mucha gente conectada a las tuberías de la información, los vendedores y transportadores de arte, tienen que ofrecer algo más que las copias que se pueden conseguir con tan solo abrir el grifo. Tenemos cine y televisión, pero la gente sigue yendo al teatro porque ofrece algo más, algo que no se puede repetir. Quizá los músicos deberian de dejar de vender copias de sus canciones y ofrecer interpretaciones irrepetibles.

¿Me dejas duplicar tu coche?

Una vez, escuché un ejemplo similar en la radio: ¿qué ha pasado con los fabricantes de sombreros? Pasó hace mucho tiempo de ser una prenda imprescindible a prácticamente no utilizarse, especialmente por los hombres. ¿Quién se ha ocupado de ellos? Seguramente, cambiaron de oficio dentro del sector textil o de la moda, o metieron su dinero en un negocio diferente. Y los que quedan son los más competitivos, bien por precio (dudoso), o por calidad (más probable).

Tenemos también el caso de la asistencia al cine. Después de una época en la que el vídeo parecía que estaba matando al cine, la gente a vuelto a descubrir que prefiere ir a una sala enorme, a disfrutar del sonido. Y después, compran los DVD. Curiosamente, eso está formando una clase de cine que se beneficie de ese tipo de salas. Una película más íntima puede no tener sentido en un gran complejo cinematográfico, pero apetecer verlo en otra clase de sala. Y en este caso, el problema es de afluencia: una sala pequeña tiene muy difícil mantener sus costes, porque su fuente principal de financiación no es la entrada, sino la venta de “productos complementarios”. Y el público que va a salas pequeñas suele gastar menos en esos otros productos…

Y otro caso aún más complicado: el software.

h3. ¿Quién puede cobrar por el software?

Este es el auténtico problema. Los autores deben ser conscientes de que el problema no es tanto si tienen derecho o no a cobrar por su trabajo. Según nuestra constitución, todo el mundo tiene derecho al trabajo, y a una remuneración digna por ese trabajo. Pero, en realidad, ¿en concepto de qué recibimos un salario?

Normalmente, en la mayoría de las empresas se paga a los empleados por disponer de su presencia. En el caso de un operario de línea de montaje, es necesario que se encuentre en determinado lugar para desempeñar una función precisa. Si no la cumple, no se le renueva el contrato, y entrará otra persona cuyo sueldo, de nuevo, está en función del tiempo dado a la empresa.

Los diferentes niveles de salario suelen estar en función de la utilidad económica de la persona para la empresa, si bien, de nuevo, el resultado es un producto que la empresa utiliza, bien en su funcionamiento interno, bien directamente para su comercialización. Esto, por cierto, me recuerda que si la información puede fluir libremente desde el lugar en el que se genera, muchos productos internos podrían generarse automáticamente, reduciendo la necesidad de que el tiempo de ciertas personas se dedique a esa creación de “productos internos”.

Aún no hemos tocado el software. Y la cuestión, desde mi punto de vista, no es si tengo derecho a cobrar por el trabajo que yo hago, sino cómo encontrar a alguien que pague por el trabajo que yo hago. Y por supuesto, cómo cobrar una vez que he encontrado a ese alguien 😉

Para llegar a ese punto, debo ser capaz de producir algo útil, y por lo cual se me reconozca. Pero no puedo cobrar por el software, ni por cada ejemplar, porque el coste de reproducción es cero. Bueno, puedo intentarlo, pero progresivamente voy a encontrarme con menos gente dispuesta a pagar por ceros y unos.

Desde luego, soy propietario de la idea, de una implementación concreta de un programa, y nadie más que yo, o las personas que tengan mi permiso, podrán lucrarse con ella. Pero en primer lugar, deben ser capaces de lucrarse. En caso contrario, las leyes de propiedad intelectual no me amparan. ¿Es malo eso?

El programador independiente te dirá: “Horroroso”. Si la ley no obliga a los posibles compradores de mi configuración concreta de ceros y unos a que paguen por usarla, se acabó vivir como programador.

h3. ¿Una nueva esperanza?

Sin embargo, hay varias esperanzas: al publicar mis programas, con un coste de publicación cada vez más reducido gracias a medios como Internet, aunque pueda no ganar dinero, estoy obteniendo una difusión de mi trabajo como programador, y la calidad de mi trabajo se vuelve comprobable. Y a partir de cierto momento, seré capaz de solicitar la ayuda económica voluntaria de aquellos

¿Suena descabellado? Pues no tanto: el desarrollador web Jason Kottke, que está a cargo del sitio Kottke, ha dejado su negocio para dedicarse por completo a llevar su página web, en la que difunde información tecnológica, y diversas propuestas para el diseño web, a través de un programa de micropatronazgo.

También puede uno vivir del software si se compromete con una cierta forma de trabajar: Andrew Stone es uno de los programadores más conocidos de aplicaciones Cocoa, entre otras cosas porque lleva haciéndolo desde que Mac OS X era NeXTstep. Su Stone Studio es un gran conjunto de programas para hacer transformaciones gráficas. ¿Su secreto? Cobrar sólo una vez, lo que es un seguro para sus clientes, y un seguro para él, porque consigue que el precio de su software se amortice durante mucho tiempo.

Y claro, cobrar por _su presencia_, o aplicaciones concretas de _su mente_, como consultor, conferenciante… Tiene su sustento material más que asegurado, y trabajo por delante para toda su vida.

h3. Pero, ¿no tengo derecho a controlar cómo se difunde mi obra?

Pues no lo sé. No estoy seguro de eso. Pero la cuestión es, ¿cómo vas a controlar la difusión de tu obra? Si la obra no es única, es IMPOSIBLE controlarla. Y las formas de controlar esa difusión nos llevarían, en última instancia, a manipular la mente humana, porque es al final quien disfruta de cualquier obra. No creo que queramos hacer eso.


Comentarios

Una respuesta a «Cómo cobrar ceros y unos»

  1. Avatar de Bruno SAN
    Bruno SAN

    Estás dando el clavo.

    Se nos plantea el tema de la conveniencia o modo de cobrar por la esencia misma de lo creativo, cobrar por ideas.

    Ya va quedando cada vez más claro que lo genuino de los programas es la idea, es posible el no tener soporte fisico, ni coste de generación (compilación) o distribución.

    ¿Cobrar, y cómo, por las ideas? No estoy de acuerdo con esto, pero algo hay que hacer.

    La verdad no se me ocurre como conciliar mis ideas sobre eso sin cambiar profundamente la sociedad: ¿un modelo como el actual de ciencia? Cobrar por pensar (y publicar) firmando como una entidad pública-privada… entelequias…

    Difícil tema, sí señor, pero la pasividad no es la solución. (Y hay mucho dinero en juego.)

To respond on your own website, enter the URL of your response which should contain a link to this post’s permalink URL. Your response will then appear (possibly after moderation) on this page. Want to update or remove your response? Update or delete your post and re-enter your post’s URL again. (Find out more about Webmentions.)

Descubre más desde Memoria de Acceso Aleatorio

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo